miércoles, 6 de septiembre de 2006

A veces me pregunto...
El hecho de esperar algo de alguien, cuando menos en mi caso, siempre termina con una gran decepción. Es lo malo de no querer aceptar que sí estoy solo, que no puedo contar con nadie que no sea yo mismo, el pedo es ese precisamente, que no cuento ni conmigo mismo.
Cuando niño, esperaba contar con alguien, alguien que me dijera "¡bien hecho!" pero no, ese alguien no existía, lo que hacía o dejaba de hacer lo ventilaba conmigo mismo, y no sabía discernir si estaba bien hecho o no, por eso, cuando llovía, el solo hecho de no saber por qué tenía que estar dentro y no poder salir a mojarme, me hacía desesperar hasta las lágrimas.
Los periodos de soledad arriba del árbol, leyendo, imaginando que todo estaba bien, queriendo crecer para dejar de necesitar todo lo que ansiaba a esa edad, me llevaron a separarme por primera vez de mi familia, cuando decidí que el camino era la búsqueda de dios. Búsqueda que terminaría de pronto el día que dejé de sentirme solo. El día que creí haber encontrado lo que siempre busqué.
Pero el tiempo ha pasado, bastante ya desde aquel día, y me pregunto más a menudo si vale la pena creer que tengo algo o si, una vez más, tengo que huir para tratar de encontrarme, convencido de que no habrá nadie ahí a mi lado verdaderamente.
Me siento impotente de darme cuenta de que no puedo ayudar a los que están a mi lado mientras sea dependiente, cómo le hago para curar la desesperación de mi compañera cuando yo vivo desesperado por no querer o no poder aceptar que estoy solo.
Es fácil juzgar a alguien por su debilidad, pero al final es como juzgar a un ciego de no querer ver las cosas. ¿O acaso me gustará sentirme miserable y poca cosa ante los demás?
No descarto la posibilidad de que mi concepción de la amistad esté equivocada, pero debo reconocer e insistir que me da miedo estar solo, o no, tal vez no sea miedo, sino mi estúpida necesidad de sentirme querido.
A veces me pregunto: ¿valdrá la pena seguir?

No hay comentarios: